Tras un largo día, me encontraba en mi cocina a altas
horas de la madrugada. Era una calurosa noche de verano, y no conseguía
conciliar el sueño. Abrí el frigorífico en busca de una botella de agua, y
vertí parte de su contenido en un vaso que reposaba sobre la encimera. Me
acerqué a la ventana, y contemplé la carretera desierta tenuemente iluminada
por la mortecina luz de las farolas. Las sombras de los arboles se proyectaban sobre
el asfalto, cuyas hojas eran mecidas por una suave brisa. Al otro lado, un
edificio se erguía, su silueta recortada sobre el cielo nocturno.
No pude evitar fijarme en una ventana de aquel edificio.
Por alguna razón, la luz seguía encendida, mientras que el resto se encontraban
a oscuras. Mientras daba un sorbo al vaso de agua, capté por el rabillo del ojo
una sombra inusual. Mire de nuevo a la ventana, y pude ver en ella una silueta
negra. Estaba a contraluz, lo que me impedía diferenciar con exactitud sus
rasgos. Ante mis ojos, esa negra sombra se interpuso en el camino de la luz,
dejando aquella ventana a oscuras. Sin embargo, se apartó al cabo de unos
segundos, lo que me dejó desconcertado. Parecía una persona erguida, pero su
postura resultaba extraña, aunque no podía decir el motivo. Y para mi asombro,
aquel suceso se repitió, una y otra vez.
Solo tras varios minutos observando pude comprender la
razón por la que ese movimiento oscilante era antinatural. La sombra se
desplazaba lateralmente, como si flotara sobre el suelo. No podía apartar la
mirada de aquel tétrico espectáculo, mis ojos estaban anclados a aquella
ventana. Me quedé largo rato allí de pie, no sabría decir si transcurrieron
unas horas o apenas unos minutos. De repente, algo cambió en aquella ventana, y
sentí un escalofrío reptando por mi espalda. La luz existente en aquella habitación
iluminó lo que parecía ser su rostro. En aquel instante, la oscuridad a mi
alrededor pareció expandirse en profundidades insondables. Era el rostro de un
hombre, y aunque parcialmente iluminado, una de sus facciones resultaba terrorífica.
En el lugar donde debían estar sus ojos, solo se hallaban dos cuencas vacías. Por
extraño que parezca, sabía que aquello también me veía.
Lo sé porque en aquel momento, en mitad de la noche, me sonrió.