El amanecer se elevaba sobre Galvestone, velado por el muro gris de nubes. Las sombras se alargaron sobre las carreteras, donde cada vez más empezaban a despertarse los ruidos de la ciudad. Se iban uniendo timidamente a la estridente melodía el claxon de algun coche o el llanto de una lejana sirena, alzándose en el aire contaminado. El sonido iba in crescendo, ganando ímpetu a medida que el sol fantasma dejaba entrever su resplandor entre el cielo plomizo.
El despertador gritó en la mesilla de Frank, que lo agarró al tiempo que tomaba aire. Acababa de despertar de una pesadilla que no podía recordar, sumergida en la bruma de su subconsciente como una tonelada de plomo. Sentía que le faltaba el aire, y el corazón le latía desbocado. Dirigió su mirada al despertador. Los números de neón rojo derramaban su luz en la habitación, las 7:30. Hora de irse a la universidad. Alargó la mano hacia el armario y sacó el habitual atuendo; un pantalon vaquero, una camiseta y unas deportivas. Se vistió en la oscuridad, incapaz de abrir sus ojos a la luz. Cogió su mochila y salió de su habitación. A la salida se puso su sudadera con capucha, de un inusual azul eléctrico adornada con un intrincado diseño en su espalda.
Las calles estaban rebosantes de hombres imbutidos en trajes caros que llevaban un maletín, hombres y mujeres que tenían prisa por llegar al trabajo con surcos bajo los ojos por el cansancio. Se aferraban a sus móviles con determinación, su parlante salvavidas. Cruzó la calle y anduvo hasta llegar a un starbucks. Era sorprendente la cantidad de gente que desayunaba de camino al trabajo, sin tiempo a pararse ni siquiera para comer. Frank hizo su pedido rutinario a una chica morena bastante atractiva, cuyo uniforme resaltaba sus exuberantes curvas. Parecía que era nueva en el trabajo, pues se la veía nerviosa. Sus ojos miraban de un lado a otro sobrecogida por la velocidad a la que tenían que responder sus compañeros. Frank cogió su café y su donut y dejó el dinero en el mostrador, que fue rápidamente cogido por otro de los camareros.
Ultimas palabras II
Ultimas palabras
Frank miró a través del cristal de su ventana, donde se estrellaba la fría lluvia. Eran saetas de luz bajo la vacilante luz de las farolas. Los edificios, lóbregos e imponentes, eran los muros de su propia carcel. Su gris imperturbable había vencido al color, a la luz del amanecer, al verano. Las calles volvían sobre sí mismas, un bucle de asfalto que zigzagueaba entre los edificios. No había ni un alma en aquella ciudad, nada excepto la lluvia, que caía indiferente sobre las aceras.
La soledad era claustrofóbica, te atrapaba como una telaraña de hormigón; la indiferencia del trato entre vecinos, que bien podían ser hermanos, pero allí cada hombre era su propia isla; una isla perdida en el vasto océano de la monotonía gris de las calles, de las desnudas aceras en las que se erguían raquíticas farolas. El silencio reinaba, su pesado manto caía en cada rincón y lo enmudecía. Sería una ciudad fantasma si no fuese por el rugido de los coches; los estallidos cuando quemaban gasolina era ensordecedores. Nadie quedaba en las calles cuando el mortecino resplandor del sol se apagaba, todos lo hacían y nadie se preguntaba el motivo.
Si indagabas te podrías encontrar con el destello de las navajas en los callejones como respuesta. Lo único es que nunca resultaba convincente, apestaba a una excusa como las bolsas de basura en pleno agosto.
Una sombra se deslizó entre los edificios, una sombra escurridiza en la noche. Aunque sabía que no era observada, se refugiaba en la oscuridad de los callejones. Atravesó la calle, evitando los charcos. La quietud solo era quebrada por el sonido de la lluvia, que golpeaba la acera como una ráfaga de ametralladora. La sombra bordeó el cerco de la luz de la farola, pero no pudo evitar que revelara el rastro de sangre que dejaba a su paso.