Entro en el parking, y aparco en un hueco donde están pintados los números 597, la misma plaza de siempre. Es una fría mañana de invierno y apenas llega a despuntar el sol sobre las colinas que hay al sur de Galvestone. Miró mi reloj, son las seis de la mañana. Como cada día, cruzo el pasillo hasta el ascensor, presiono el botón metálico para la segunda planta, y voy despertando a medida que asciendo. Recorro el laberinto de pasillos que conozco de memoria, y como un autómata paso mi tarjeta por la ranura de la máquina y ficho. Voy a por un café, y encuentro a mi amigo Alex junto a la cafetera. Viste el mismo uniforme oscuro que yo, con una linterna y una pistola al cinto, aunque ha ido cogiendo polvo con el tiempo, pues en nuestro trabajo hay apenas incidentes, y ninguno que requiera desenfundar la pistola. Suelen ser otro tipo de problemas, más relacionados con la limpieza y la organización de ''la sala''.
-¿Como va todo, Alex?-. Le saludo.
-Igual de muerto que siempre, compañero-.Me contesta. En su mano derecha sostiene la taza de café cargado, en la izquierda un cigarro que se consume con lentitud, dejando una espesa estela que asciende como la neblina matinal.- En media hora se habrá desinfectado ''la sala'', así que puedes irte preparando la fregona.
-Habrá que echarlo a suertes-. Le contesto.
Bajo el bigote que cubre su labio superior comienza a dibujarse una sonrisa, a la que respondo alzando los hombros y suspirando. La ceniza ha caído sobre el frío suelo de mármol gris, igual de monótono que el resto del edificio. No hay ningún cartel ni póster, a no ser que sea algún indicador de salidas de emergencia o extintores, lo cual resulta irónico teniendo en cuenta el servicio que ofrece el centro.
Alex saca una moneda cobriza del bolsillo y mira sus caras, como si intentase averiguar cual iba a ser la ganadora.
-¿Cual quieres, cara o cruz?-. Dice, alzando la vista en mi dirección.
-Da igual, te voy a ganar otra vez-. Contesto, con ganas de cachondeo. Luego añado.-Cruz.
-De acuerdo entonces-. Sitúa la moneda sobre su pulgar y la lanza al aire, donde giró suspendida. Al caer al atrapa y mira que ha tocado.-Cruz
Le sonrío, triunfante. No me apetece tener que recoger los despojos ni ordenar ''la sala''. El termino técnico es cámara de suicidio asistido, pero nadie usa aquella tétrica palabra. Son un fenómeno bastante reciente, desde que en las elecciones de hace unos años había salido Henry Richardson elegido como presidente, luchó por instaurar una ley a favor del suicidio voluntario, alegando que muchos enfermos terminales tendrían una muerte digna e indolora. Tras cinco meses de debate y votaciones, se aprobó finalmente. Construyeron un edificio destinado a este 'servicio comunitario' en cada núcleo urbano. Por suerte para algunos como yo y Alex, generaron empleo para cualquiera dispuesto a trabajar en ello. Se parece a una morgue; metes a los cadáveres en bolsas de plástico y los llevas en bandejas metálicas con ruedas hasta el incinerador, lo que entre nosotros llamamos 'el purgatorio'.
Caminamos por el sórdido pasillo, bajo la luz pálida de los fluorescentes. Alex lleva el carrito metálico, sus ruedas chirrían con fuerza, amplificado por la quietud que reina en el edificio. Giramos a la derecha, hacia el ala este. Al fondo se divisa dos puertas contiguas, idénticas. La de la izquierda es una puerta trasera a ''la sala''; la de la derecha es un habitáculo para la vigilancia. Allí están las grabaciones diarias de los suicidios, que no se suelen mirar . Más de uno ha dejado el trabajo por haber visto en las cintas lo que sucede dentro de la sala en el momento en el que se introduce el gas. Me recuerda a un trapo sucio familiar, que todos saben y nadie habla de ello. Es lo que es esto. Un trapo sucio. Somos el servicio de limpieza, en la sombra, ocultos a la vista de la gente de a pie. Eliminamos la inmundicia de la sociedad, aquellos que antes que vivir otro día prefieren sentarse en una silla y esperar a que el gas nervioso entre en sus pulmones y les detenga el corazón.
Alex entra en la izquierda mientras yo voy a la derecha. Cojo un walkie, que me comunica con el interior de la sala.
-¿Como está todo por ahí?
-Vaya asco...parece que mas de uno era alérgico al gas. Está todo lleno de sangre.
-Enciende la cámara de vigilancia.-El monitor se ilumina y aparece el rostro de Alex. A su espalda hay varios bultos, algunos pequeños y otros mas grandes, pero todos manchados de una sustancia rojiza.- Hoy no es tu día de suerte.
-Y que lo digas. Parece la matanza de Texas-.bromea.-Es como una escena de una película de zombis de serie B.
-No digas tonterías-.digo.-Los muertos no se levantan. La cosa mas peligrosa en esa sala eres tu.
Me río, y Alex se ríe conmigo, al otro lado del monitor. Parece que una sombra aparece en una esquina de la pantalla. Me froto los ojos, debe ser el cansancio acumulado. Miro de nuevo el monitor, y la sombra ha desaparecido. Alex sigue con la fregona, limpiando el rincón mas alejado de la habitación. El charco de sangre parece extenderse mientras pasa la fregona.
-Intenta limpiar más de lo que ensucias-. Le digo, y enciendo la pantalla de las grabaciones.
Vuelvo la vista al monitor y veo a Alex limpiando el objetivo de la cámara. Le echa el aliento, la frota y sonríe. De pronto quedo paralizado. Se me hiela la sangre, un escalofrío se instala en mi nuca. Mantengo los ojos abiertos, fijos en la pantalla. Veo a Alex, pero no está solo. A su espalda, algo blanco se ha movido. Intento hablar, pero solo consigo mover mis labios en silencio.
De pronto, algo se abalanza sobre Alex, salpicando el objetivo con su sangre. Se mueve como un animal rabioso, hambriento. Alex desaparece en el ángulo muerto de la cámara, y en su lugar aparece una mujer, de pelo grasiento. Sus ojos son lechosos. Está muerta. Abre la boca y gotea un hilo de sangre. Siento una corriente a mi espalda. La puerta estaba abierta.