Cuaderno de viaje VIII

Descienden las montañas hasta las entrañas más profundas, clavan sus garras en las tumbas de los que nunca lo intentaron.Vagarán sus almas en penitencia por sus miedos sobre la tierra. Lamentos emergen de recuerdos. el dolor que sienten nunca será aplacado. Se ahogan en remordimientos, maldicen su cobardía.

Quebranta su llanto las almas viajeras por tortuosos senderos, destrozan su esperanza contra la piedra del temor. Estrella guía es la fe en el desierto, sobre sus dunas silva el viento del ocaso. La cordura amenaza lo desconocido, el peligro de no saber. Atravesarlo no se puede sin firmeza, fuerte corazón en defendida fortaleza. No sé como saber si esto dejé atrás; solo sé que no sabía cómo regresar.

Cuaderno de viaje VII

En el corazon de la montaña, de correr exhausto me detuve. A mis oidos llegaron voces, cántico homogeneo. A nadie veía, mas las voces no cesaban. En la cueva me adentré, en sus profundo laberinto nadie había. Solo incesante eco redoblaba su sonido, viajaba en el tiempo su mensaje.

En la lejanía vi extensas manadas, vagando en la llanura bajo el mando del eco. A estas criaturas me acerqué, y en su faz distinguíase su rostro. Extrañas bestias con rasgos humanos pensé. ''¿Que sois?'', pregunté. Monótona respuesta recibí, ''Hombres somos, la tradición de nuestros antepasados seguimos por los siglos venideros, al igual que nuestras generaciones pasadas''. Así contestaron el rebaño de gente, a sus costumbres encadenada. Embotado su criterio, no mas inteligentes que un animal, les dejé atrás. De aquel sinsentido me alejé, raudo en el caminar.

Cuaderno de viaje VI

Llegué a un desfiladero, donde el camino moría. De cruzar no vi forma, solo abismo profundo bajo mis pies. Clavó en mí su vacía mirada, y arrancó algo de mis pupilas su oscuridad. Mi rumbo cambié, sin saber que me había extirpado, y aun así echaba algo en falta. Nuevo camino encontré, a las entrañas ocultas de la tierra descendía. Sin hallar otra vía, descendí por la reptante escalera.

En sus entrañas, las llamas consumían el túnel. Flotaba la ceniza de ascuas encendida, y sangraba la montaña el fuego que mi carne quemaba con su lengua abrasadora. Inflamó mis venas su cólera, y corrí en el ardor del infierno, dejando atrás ríos de inflamada ira.

Cuaderno de viaje V

El polvo dejaba sobre mis pasos su estela. Me encontraba al borde de mi resistencia, bajo las nubes que me hacían desfallecer. Monótono se tornó el viaje, no había belleza que reconfortara mi alma en aquel lugar. Mis versos marchitaban en la oscuridad de mi corazón, raquíticos y quebrados.

Mis ojos empañados por el barro , miraban sin ver. En la lejanía, un oasis latente de vida brillaba.
Como naufrago que ve un faro de esperanza, acudí a la carrera a su llamada. Deslumbrante belleza de verde y rojo, arcoiris de aromas delicados. Frutos maduros de nectar dorado, dulce caramelo. Iluminó una sonrisa en mi rostro, y avancé a un nuevo jardín. Mas me detuve, pues por negro valle estaba cercado. La incertidumbre cayó sobre mí cual ave rapaz, y mi determnación asesinó. Busqué maneras para el abismo rodear y retornar a mi hogar, mas en vano fué. A mi pesar, media vuelta tuve que dar, para nunca mas regresar.

Cuaderno de viaje IV

Los dias se sucedían incesantes. La única certeza era el camino, que ante mí se alargaba sin fin. Se fragmentaba mi esperanza de encontrar de nuevo mi edén, las dudas taladraban mi pensar. Quizá solo hubiera sendero infinito, y el final fuese truncada ilusión.

Tropecé en mi caminar, y ante mí se extendió una mano salvadora. La tomé con agradecimiento, mis palabras la gratitud que sentía no podían expresar. Me levanté, y sentí de pronto dos colmillos sobre mi piel, su traicionero veneno inyectaron. Desconcertado miré a quien me había ayudado, y solo una serpiente hallé. Seguí mi pesaroso caminar, sin mirar atrás. Profunda herida sobre mi mano dolía, dos surcos de carmesí marcados.

Cuaderno de viaje III

Allí, en el duro suelo, me quedé mientras mi vida se fugaba a través de mis ojos. Arrancó la luz de mi mirada el gris horizonte, y olvido el color. Vagué sin rumbo, cegado en aquel desierto sin sentido. La nieve no tardó en sepultar las piedras con su frío, silbando su cortante hielo en el viento. Anduve bajo las ventiscas, sin sentir ya mi cuerpo. La sangre huía de mi cuerpo helado, intentando refugiarse. Me dormía lentamente, una losa pesaba sobre mis huesos. No me detuve, por miedo a no volver a levantar, de no volver a despertar.

Hebras de escarcha me encadenaban al camino, ataduras que llegaban a mi alma. No podía continuar, no quería continuar. Los recuerdos eran mi martirio, el camino mi sentencia. Aferraban mis dedos la cabeza, intentando soportar el peso mas allá de mi calavera. Continuar no podía con la tortura, y dejé que la mordedura del hielo abrasara mi piel. Ante mi sorpresa, cuando creí que llegaba el final, el frío retrocedió arañando el cielo.

Cuaderno de viaje II

Ante el afilado sendero me encontré, abandonado por el brillo del sol. Las rocas arrancaban la fuerza de mis huesos, la lluvia caía afilada sobre mí. Inundado por el halo gris del final, de la nada, de la absurda indiferencia. Mis ojos buscaron el camino de vuelta a aquel paraiso, solo quería retornar a mi hogar. Miré atrás, y solo hallé vacío, un vacío que anidaría en mi alma por largo tiempo. Resignado, empecé mi viaje por aquel pedregoso sendero que ardía bajo mis pies descalzos.

A mi paso solo encontraba ruinas derruidas de grava y cemento, difuminadas en el monotono horizonte. Eran esqueletos descarnados por el ferréo tiempo, tumbas del pasado calladas para el resto de sus dias. Nada florecería en aquel lugar, incluso la luz moría asesinado por el aire viciado.
Mis pulmones se asfixiaban, anhelando un soplo vibrante de vida. Mi alma magullada por las rocas del camino ansiaba reposo, sangraba mi corazón por la profunda herida de aquel amor que nunca tuve. Caí al suelo, me desplomé sobre aquella perdida carretera, un fantasma errante en el océano de sombras.

Cuaderno de viaje I

Lejos quedan los dias en los que la caricia del sol acogía mis dias en su brillo, nutriendo el color de mis versos con su fulgor. Aquellas tardes de anaranjado verano, cuando el horizonte se sonrojaba con poemas de amor y los dorados campos se extendían. Cuan valiosos fueron aquellos dias, el mayor tesoro al que un hombre puede aspirar.Mi alma ascendía por los rayos de luna en las sosegadas noches, acompañado por la brisa que se volvería cristalino rocío al amanecer, sembrando las flores de diminutos diamantes.

Todo eso se desvanece en mi memoria, ya apenas recuerdo el rojo aroma de las rosas de primavera. El murmuro de los puros ríos de plata azul que envolvían las blancas piedras, perlas del camino bañadas por su frescura. Todo esto quedó atrás, y su dulzura se ha transformado en amarga nostalgia en el frío desierto que ahora recorro. Fue una aciaga manzana, del rojo mas profundo del corazón, la que me exilió de mi hogar. Nunca mas volveré, eso lo se. Ante mí, el vasto horizonte engullirá mis pasos.

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