Circulos II

Salio a las bullentes calles de la ciudad, que se extendían en forma de red sobre la metropoli. Miles de personas, ajenas a todo aquello que no apareciera en la pantalla de sus móviles o saliese de sus auriculares, avanzaban en aquel frenesí de gente caminando con prisa en todas direcciones. Alguien que nunca hubiese visitado una ciudad antes podría pensar que sucedía algo, pero aquello era la rutina de las seis de la tarde, hora en la que las reuniones de la tarde, los centros comerciales y otras cosas eran lo más importante, la prioridad de los habitantes de Dannestone.

Roy descendió a las profundidades del metro.Las paredes estaban hechas de grandes azulejos deslustrados, con manchas negras y marcas de suciedad. En el recodo del pasillo que daba al andén, un hombre cuyas ropas estaban en mal estado arrancaba una solitaria melodía de su guitarra. A sus pies había dejado una gorra, igual de destrozada que su atuendo, en la que apenas yacían unas monedas, círculos de plata sobre el fondo negro de la gorra. Roy pasó de largo, como muchos otros. Aquel hombre era un fantasma en aquella metropoli, una melodía ya olvidada que dejaba su eco en los túneles del metro.

Entró en el vagón, un cubículo de metal pintado de blanco hueso, una mecánica serpiente subterránea que recorría incansable bajo los miles de edificios de  cristal y acero el mismo trayecto, cargado en sus entrañas de gente aislada, que aún rodeada por la multitud estaba sola. Eso era algo que aprendías al poco de vivir en Dannestone. La multitud era una marea de gente ajena, en la que te veías rodeado día a día. No eran personas, eran algo diferente, una enorm entidad compuesta de miles de partes que bullían.

Circulos

Roy miró el anillo, un dorado círculo sobre la mesa. El sol arrancaba destellos, que dejaban sobre la mesa una aureola alrededor suyo. No pudo evitar que en su mente entraran todos aquellos recuerdos, un torrente que brotaba de las profundidades del tiempo. Aquel tiempo pasado, tiempo perdido pero no olvidado. En el fondo de su mente quedaban aquellos recuerdos de tiempos mejores, de soles dorados y canciones románticas bajo la luna llena.

La emoción le embargaba, un tornado de impotencia sobre un mar de melancolía. Una lágrima brotó de su ojo, rodó por si mejilla y se estrelló sobre la mesa, cerca del anillo. Se le antojó un inmenso mar, que arrancó de su memoria la imagen de un verano en el egeo. El sol resplandecía sobre el horizonte turquesa, convulsionado por las olas. A su lado, yacía una joven de negros cabellos, piel bronceada y pechos turgentes. Abrió sus ojos color esmeralda, su mirada sobre él. Una sonrisa emergió de sus labios, y el se la devolvió.Aquella era Melinda, su prometida, de mirada sensual y felina. Se acercó y le besó con sus dulces labios, un beso que le erizó el pelo de la nuca. El la abrazó, sintiendo la calidez de su cuerpo, su suave piel.

Roy intentó sumergirse en aquel recuerdo, pero fue arrastrado de nuevo a la realidad. Melinda se desvaneció de su abrazo, allí solo quedó aire vacio. Sobre la mesa descansaba su anillo de boda, un circulo de oro sobre la superficie de madera. En él recaían sus recuerdos, su vida. Era un estigma, un puñal en su corazón, el yugo con el que debía cargar su alma. Aquel circulo, la aureola de un eclipse en su vida, de la noche eterna, del olvido.

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