He quedado con Ana, arranco el motor de mi coche, un smart de segunda mano que encontré en los anuncios de algún periódico, y aguardo, sintiendo en la yema de mis dedos las vibraciones del motor, un ligero ronroneo. Presiono el acelerador, y voy dejando atrás la carretera. Alargo la mano hacia mi chaqueta, que está en el asiento del copiloto, y extraigo un cigarrillo y un mechero zippo que tiene grabado un águila y el logo de Harley Davidson.
Desde que conocí a Ana, veo gente caminando, haciendo su vida, gente ajena. Son parte del paisaje, una parte de la ciudad. Me asusta pensar lo frívolo que soy al pensarlo, pero dudo que sea el único. Solo son caras en la multitud, sin nombre. No has compartido momentos con ellos, ni conoces qué les gusta, son otro elemento de la calle, una película urbana que cambia con los días. Empieza a caer el telón, el cielo se tiñe de rojo.
Giro el volante a la derecha y entro en una calle estrecha, entre dos apartamentos. Suelto el acelerador y activo las luces, que hacen el sonido monótono de un repiqueteo constante. Miro hacia el portal que hay a mi izquierda, esperando a que se abra y salga Ana .La conocí una fría mañana de noviembre, cuando me iba de camino a la boca de metro. Tropecé con ella mientras hablaba por el movil, y se le cayeron las carpetas que llevaba. Me agaché a ayudarla, recogiendo folios del suelo y pidiendo disculpas. Todo habría acabado ahí si no fuese porque encontré un folio de la universidad, que casualmente era la misma que la mia. Qué coincidencia. Dicen que estas cosas no pasan porque sí, y desde entonces empiezo a creer en ello.
Empezamos a hablar en el metro, en nuestro trayecto a la universidad. Me contó que venía de fuera, de un pueblo del norte de Galicia, cercano a finisterre. A mi mente acudió la imagen de un pequeño pueblecito de casas de piedra gris bajo un cielo de nubes en toda la escala de grises, en las verdes praderas y el olor a hierba mojada. Cuando llegamos me dio su número, y me dijo que la llamara para quedar a dar una vuelta. Salimos aquel mismo fin de semana, quedamos en una cafetería que había cerca de un parque pequeño. Nos sentamos dentro, en una mesa junto al cristalera.
Ese fue el primero de nuestros encuentros; y hoy, una cálida noche de verano, he quedado con ella en su puerta. Sale una chica de rubios cabellos y ojos azules, su dulce silueta recortada por la luz de una farola. Le sonrío, y su sonrisa brillo como una estrella. Entra en mi coche y me da un beso en la mejilla, y siento sus suaves labios con aroma de fresa en mi mejilla. Arranco , y mientras voy conduciendo le pregunto qué tal está.
Llegamos a un pequeño parque, bajo la luz de las estrellas. En el cielo hay un surco de plata que deja la luz de la luna. La cojo de la mano, y puedo sentir en mis dedos su suave piel. Nos sentamos en un banco bajo el resguardo de un roble nudoso. La miro, y le digo lo guapa que está; ella me sonríe y me pregunta qué tal el día. Le cuento algunas anécdotas, pedazos del pasado que la hacen sonreír ,fruncir el ceño a veces y otras reír.
Me cuenta que ella también tiene algunos problemas parecidos, y me dice que tuvo que ir hoy al hospital por su madre. dejo caer mi mano en su hombro, intentando sacudir la escarcha de los malos recuerdos. Solo puedo pensar en las ganas que tengo de besarla y no poder. Siento que voy a estallar si no le digo lo que me hace sentir, si no le cuento cómo ha cambiado mi vida aquel día en el metro.
Decido que debo hacerlo tarde o temprano, y que ya hace tiempo que debía haberlo hecho. La cojo de la mano, y le digo en un murmullo lo mucho que me gusta. Aunque intento que no me tiemble la voz, no puedo evitar que sea sacudida por la emoción. La miro a los ojos, aquellos ojos en los que brilla una estrella. Sus labios se mueven, y forman una frase que me hace naufragar. 'Solo te veo como un amigo', me dicen. Un nudo asciende a mi garganta y me impide hablar.
Hablamos, pero no puedo dejar de pensar en las palabras que tras cruzar el espacio entre nosotros han atravesado mi corazón. Parece que las farolas se han apagado. Las estrellas se han fugado a otro lugar lejos de aquí. La luna parece un temible colmillo de plata pendiente sobre mi cabeza.
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