I
El sol brillaba sobre las onduladas colinas, recubriéndolas con su manto dorado. El cielo acogía en su infinito azul el vuelo de las golondrinas. La gente paseaba sin prisa por el parque, disfrutando de una cálida mañana de verano. En un banco, al resguardo de la sombra de un roble, descansaba en el olvido una pluma estilográfica. Era de un profundo azul cobalto, bastante desgastada por el uso, que dejaba entrever plateadas vetas. Parecía haber sido olvidada en un descuido de su dueño, mientras recogía una abultada carpeta para dirigirse apresuradamente a una entrevista de trabajo. No fue ese el caso, pues nadie podría decir de donde procedía aquella vieja pluma. A solo una veintena de metros, unos chicos jugaban con un frisbee, cuando de pronto éste se desvió casualmente de la trayectoria esperada por uno de los jóvenes, y aterrizó en el suelo, a los pies de aquel banco, en el que reposaba pacientemente la pluma.
Frank jugaba con sus amigos, cuando de pronto un mal tiro de su compañero mandó al frisbee por encima de su cabeza, y describiendo un elegante vuelo fue a caer junto a un banco. Frank lo recogió, y estaba a punto de marcharse, cuando sus ojos se encontraron con aquel bolígrafo. No era un bolígrafo, pensó, era una pluma estilográfica. La tomó con delicadeza en sus manos, y contempló las marcas causadas por el desgaste. ¿Quién se habría dejado una pluma allí? Miró a su alrededor, y no vio a nadie que pareciese su dueño. Solo un par de chicas haciendo footing, unos niños columpiándose, cuyas madres hablaban entre ellas, no desviar su atención hacia ellos de vez en cuando. La volvió a mirar. Era muy elegante, y ya que nadie la reclamaba, la guardó en su bolsillo.
-¡Eh, Frank!, pasanos el frisbee-.gritó Max, uno de los que estaban jugando.
-Ya lo tengo-.le contestó.-Voy para allá.
Se marchó con sus amigos, llevando consigo lo que había encontrado, por puro azar. O tal vez, solo tal vez, no fue el azar lo que hizo que sus caminos se cruzaran, y que las cosas no volviesen a ser las mismas nunca mas.
-¿Qué te pasa tio?, pareces distraído-. Le preguntó Max. Frank le pasó el frisbee, que cruzó el espacio que les separaba.
-Estoy bien, tio. Solo estoy cansado-.Ahora el frisbee iba directo hacia él.-Llevamos un año muy largo y duro. Ha sido un hueso duro de roer, ya lo creo.
-No sigas, tio. Por algo inventaron las vacaciones-.le contestó. Ambos se rieron, y el frisbee seguía en el aire, de un lado a otro.- Además, ya no tenemos que preocuparnos de esas cosas hasta octubre.
-Cambiando de tema, ¿Cómo te va con esa tal Laura?
-Eso no es asunto tuyo,tio. Es privado
-No me fastidies. Ya sabes que puedes confiar en mi.
-No se si recuerdas aquella vez en el insti…
-Esa no cuenta-. Contestó Max, dolido.-Yo creía que ya lo sabía. Venga, esta vez prometo no decir nada. Seré como una tumba.
-Y sino pienso meterte en una-.contestó Frank. Ambos rieron, y finalmente dejaron el frisbee en el césped.-Pues la verdad es que no se, apenas nos vemos. Y tampoco es que se vuelva loca cuando me ve.
-Pues no se, tio. Tal vez deberías hablar con ella y eso.
-No se-.respondió dubitativamente Frank. Acarició con sus dedos la pluma en su bolsillo.-No creo que le guste, además, sabes que le encanta irse con su grupo de amigos a hacer botellón.
-Pues tu mismo, pero si yo fuese tú lo intentaría.
Max le pasó el frisbee con fuerza, sobrevolando de cerca una papelera metálica, y Frank lo agarró.
-Esa ha estado cerca.
-No creas, Frankie. Estaba todo bajo control.
Al otro lado de la ventana, los campos se extendían sinuosos, poblados de árboles ancestrales cuyas hojas habían reverdecido tras el duro invierno. Incluso sobrevivían algunas flores en las agrestes laderas, tiñéndolas de pequeños trazos de color sobre un fondo de hierba dorada por el sol. Ocasionalmente, algún grillo quebraba el silencio con su estridente aunque melódico sonido.
Frank estaba sentado en una silla giratoria frente al ordenador de su cuarto. Su mano derecha movía el ratón sobre el escritorio, y su índice presionaba el botón del clic de vez en cuando. Sobre su escritorio estaba la pluma, que parecía aguardar paciente que alguien la tomase y escribiese con ella.
El timbre del teléfono sonó en el salón, haciéndose eco por el pasillo, y finalmente en el cuarto de Frank. Se levantó y lo descolgó.
-¿Diga?
-Hola Frank, ¿Cómo va eso? Soy Max. El otro día se me olvido decirte que íbamos a quedar hoy unos amigos. ¿Te apuntas?
-Claro. ¿Dónde habéis quedado?
-En el parque del poli, a eso de las seis. Y, ¿Sabes?, a lo mejor también viene Laura.
Frank pudo imaginar la expresión de Max, una disimulada sonrisa al otro lado de la linea. A Max le encantaban aquellas cosas; que si estos eran novios, que si fulanito se lio con no se quien en la fiesta…
-De acuerdo, allí estaré. Nos vemos.
Colgó el auricular y volvió a su habitación. Durante varios minutos estuvo presionando las teclas, que provocaban un inconstante chasquido. Finalmente, satisfecho, tomó una libreta y se dispuso a escribir algo, pero no encontraba su bolígrafo. Que extraño, pensó, suele haber al menos un bolígrafo por aquí. Sus ojos se detuvieron sobre la pluma que había encontrado, la cogió y la probó sobre el margen de una hoja. Funcionaba bastante bien, había dejado un oscuro trazo de tinta que parecía normal, aunque había algo diferente, como si aquel garabato fuese... Especial, pensó Frank, no se me ocurre otra forma de definirlo.
Hizo algunas anotaciones en su libreta y la dejó sobre la mesa. Era un cuaderno de bolsillo, con una gruesa cubierta de color rojo. Ahí anotaba cosas a veces, cosas importantes. No es que fuese una especie de diario, pero para él era muy importante, y no se lo dejaba ver a nadie. Lo guardó en el segundo cajón como era habitual, y también guardo allí la pluma. Miro su reloj; eran las cuatro. Si quería llegar a tiempo, tendría que empezar a prepararse.
Tras haberse vestido y arreglado, salió de su casa y se dirigió a la parada de autobús. Había un hombre sentado, con una camisa azul a cuadros, que ojeaba concentrado un libro bastante grueso.
A su lado, había una mujer que cuidaba de un niño que apenas tendría unos tres años. El niño, como era de esperar, no paraba de moverse de aquí para allá, y su madre trataba de controlarle, seguramente asustada por la cercanía de la carretera. Frank oteó el horizonte, buscando con su mirada el autobús. Echó un rápido vistazo a su reloj, y rezó para que no hubiese pasado ya el autobús de las cinco y media. Pronto sus miedos se desvanecieron al ver la mastodóntica silueta del autobús aparecer por el final de la calle. La madre agarró con firmeza la mano del niño y el hombre cerró su libro, y todos se dispusieron a sacar de sus respectivas carteras dinero para el viaje.
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