Amanecer estival II

Miguel sacó de su mochila un libro de finas tapas, cuyo borde se había deshilachado por el uso. Lo abrió, y aunque él seguía en la clase, su mente divagaba por otras cuestiones más profundas, cercanas al corazón. Pronto acabaría el curso, y con el los días de tediosas clases, los exámenes y las notas marcadas en rojo incandescente. Se acabarían las horas de estudio, las funciones polinómicas de las que había que descifrar sus secretos.

No solo eso quedaría atrás. También lo harían los amigos, aunque no le preocupaba demasiado. Normalmente la gente no se interesaba por el, le miraban como a una anomalía, algo que nunca debió estar alli. La mayoría sencillamente pasaba, por lo que se había acostumbrado al resguardo de la soledad. Aun así,había una chica que era diferente. A ella le importaba, y ella también le importaba a él, más de lo que nunca se atrevería a admitir. Se llamaba Carol, y se sentaba unos pupites más adelante. Su pelo dorado, cuyo brillo eclipsaba la luna, era suave y sedoso, ligeramente ondulado. Sus profundos ojos azules, aquellos fragmentos de los mares del sur, de las mareas y su infinito celeste, se habían cobijado en su corazón.

La miró. Estaba allí sentada, junto a la ventana. La brisa jugaba con sus cabellos, que revoloteaban con suavidad. Era hermosa, a sus ojos le parecía un ángel, una criatura de luz cristalina y pura, de rosadas mejillas y piel de marfíl, de majestuosos labios. Era delicada, pero fuerte. No pudo evitar pensar en una rosa, de frágil flor y afiladas espinas. De pronto una ronca voz le despertó de sus ensoñaciones.

- Miguel, atiende-.indicó el profesor.Acto seguido, siguió explicando.-El nihilismo de Nietzsche es...

Carol le miró, le sonrió, y él le devolvió la sonrisa. Sí que la echaría de menos, sobre todo a ella. A los veinte minutos sonó el repiqueteo salvador de la campana, y todos se levantaron de sus pupitres.

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