Amanecer estival

                                                                         I
                                                      Ultimo aliento de la primavera

En el verde horizonte de los frondosos árboles, se erguía un intenso cielo azul; un mar surcado por blancas y esponjosas nubes insufladas por el ultimo aliento de la primavera. Las hierbas habían dejado atras su verdor, dando paso al suave manto dorado del verano. Aquel era un pequeño pueblo, bordeado al norte por una extensa y elevada cordillera cuyas cumbres nevadas se fundían en caudalosos ríos. En las faldas del monte se aglomeraban las casas, sus fachadas amarillas, blancas y anaranjadas resplandecían bajo el caluroso sol. Cada casa con su tejado de roja arcilla, en cada tejado una orgullosa chimenea. Las calles eran estrechas, muchas veces de una pronunciada pendiente y serpenteantes recovecos. La cercanía de sus paredes, de las acogedoras puertas de madera, su sencillez, eran reconfortantes. En las calles más estrechas acogía siempre una refrescante sombra al margen del sol abrasador, un refugio del calor, un oasis de aguas cristalinas.

Caminaba hacia la escuela, un edificio de rojos ladrillos en las afueras del pueblo. Entró por la puerta principal, bajo las agujas del gran reloj que marcaba las diez. Los blancos pasillos estaban cubiertos con algunos anuncios de los que colgaban serpentinas con teléfonos, posters de eventos o alguna que otra pintada indiscreta que habían intentado borrar, pero quedaba la sombra de sus colores. El pasillo tenía forma de T, bifurcándose en dos ramas. Al final de la derecha estaba la escalera a la segunda planta, y a mano izquierda las aulas de secundaria. Miguel giró a mano derecha y subió la escalera. Un extenso pasillo, con clases a ambos lados, era la segunda planta. Al fondo habían instalado taquillas para dejar los libros, aunque la gente las usaba para colgar fotos o posters. Entró apresurado en la clase, cerrando la puerta a sus espaldas. El profesor, a media explicación,sin dejar de hablar le dirigió una mirada asesina,y Miguel se sentó.

-Sacad los apuntes de Nietzsche-.ordenó el profesor. Tenía el pelo cano, profundas entradas en la frente y unas gruesas gafas de montura metálica. Su rostro permanecía inmutable; Miguel y sus amigos pensaban que nunca se reía, que debía de ser un robot. Aunque era absurdo, su gesto permanecía inalterado,su voz modulada y su vista perdida en algun punto del infinito.

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